Escritores del Conurbano

Escritorxs del Conurbano: Hoy, Damián Lamanna Guiñazu

Me interesa mucho, por ejemplo, la construcción y expansión de mapas en la literatura, la disputa por las representaciones. La primera vez que leí Ramos Mejía en una ficción fue en Los siete locos de Arlt (un porteño), novela de 1929. Ochenta años después, Juan Diego Incardona continuó ese trayecto en El campito pero en clave maravillosa. Esos diálogos me interpelan. Que miremos nuestros territorios con creatividad y espesura, y, sobre todo, con un ojo en la tradición”, sostiene Damián Lamanna Guiñazu, escritor oriundo de “ese recorrido que separa y une Ramos Mejía con San Justo”, tal como él define a sus orígenes.

La Ciudad conversó con el escritor acerca del conurbano como territorio de pertenencia y política, de la paternidad plasmada en su nuevo poemario “Para siempre a ese fantasma”, sus inicios en la lectura y escritura y sus influencias pasadas y contemporáneas.

¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Cómo fue ese inicio de relación con el mundo de la escritura?

Tengo dos respuestas/escenas posibles: La primera, es que empecé a escribir en unos viajes familiares: micros de 24 horas a Brasil en los 90. Para pasar el aburrimiento, con mi primo inventamos unas historietas sobre ninjas y videojuegos. Él dibujaba (muy bien) y yo escribía las historias y diálogos. Tenía 7 años.

La segunda, tiene que ver con el castigo, un par de años después de la primera escena: Un domingo en el que venían visitas, llegué tarde de jugar a la pelota y me castigaron con una semana sin salir. El lunes a la tarde, pedí permiso para ir al kiosco y me compré un cuaderno. Esa misma tarde empecé a escribir cuentos sobre zombies donde todos morían (los padres, sobre todo) y listas de cosas importantes.

Desde ese momento supe que iba a escribir, que inevitablemente “me iba a dedicar” a eso, pero se convirtió en una continuidad recién a partir de los 20, 22.

¿Cuál fue el primer libro que recordas haber leído? ¿Qué impresiones te llevas de ese primer encuentro?

Elsa Bornemann en la escuela, probablemente. Socorro, Cuadernos de un delfín, Los desmaravilladores. Algún manual también. Mi papá solía contarme cuentos clásicos como “El hombrecito del azulejo” de Mujica Láinez, donde la muerte es una mujer que espera a un niño enfermo y es engañada por un soldadito que la hace reír y perder el tiempo. También me traía historietas cada vez que podía y, como todos se dormían antes que yo, me quedaba leyendo hasta que se hacía casi de día.

Me interesa, a la vez, correrme un poquito de los libros y agregar que gran parte de mi universo ficcional-poético viene de los videojuegos. En la primaria, por encima de los libros, sin dudas.

Ya en la adolescencia, a los trece años leí “Campanas” de Poe y “Los motivos del lobo” de Rubén Darío -si lo pienso bien, los escuché primero en voz alta, leídos por una profesora del secundario y por mi hermano, respectivamente-. Un ritmo interior se puso en movimiento y la escena de esas escuchas vuelve con mucha nitidez. “Campanas, campanas, campanas” (Bells, bells, bells), el lobo y su “ojo fatal”, el hombre aprovechándose de la bondad de la bestia. Ambos poemas me siguen generando estremecimiento.

“Me di cuenta de que ver a un niño crecer es también un modo de recuperar una memoria que nunca existió, la de la primera infancia que, en el mejor de los casos, tiene más que ver con un calor (o su falta), un ritmo, un tono sobre el cuál construir, y ahí aparecen la familia, el origen, el tiempo, la política, la violencia, los mitos. De repente, veo a mi hijo a los ojos y un poco veo los míos. Es un instante insoportable y lúcido a la vez.”

Damián Lamanna Guiñazu acerca de la experiencia de paternidad que atraviesa su nuevo poemario, “Para siempre a ese fantasma”.

¿A quiénes consideras tus “referentes” en lo literario? ¿Cuáles son tus influencias?

Respecto de la poesía, además de a Poe y a Rubén Darío con su fuerza rítmica, sumo a Alberto Caeiro (heterónimo maestro de Pessoa) -que escribió “Tristes las almas humanas que ponen todo en orden”, un mantra al que acudo cuando el mundo se me colapsa-. Ahí reconozco un grado cero.

Luego, leí con bastante dedicación a los y las poetas de los 90, también a Giannuzzi, a Bignozzi, a Temperley, a Santoro. De ese recorrido “extraigo” un componente más narrativo, una búsqueda de claridad y precisión que por momentos me importa (y por momentos no).

En otra línea, hoy por hoy me interpelan los y las autoras (muchxs, poetas también) que cruzan ensayo con autobiografía: una línea que va del Saer de El río sin orillas a Mario Ortiz, pasando por Chejfec, Genovese, Molloy, Gainza. Escritores y escritoras que, a través de la experiencia de la poesía (de una manera poética de vivir), logran pensar y decir con rigurosidad, originalidad y belleza. Quizá esté empezando a buscar por ahí un nuevo tono aún incipiente.

Por último, si pienso en influencias, no puedo no hablar de mis contemporánexs (de mi generación y de otras), pero no voy a nombrar a nadie porque no lo tengo tan claro. Capaz son poemas, versos sueltos, tonos de voz, hasta lo que no me gusta. Quiero decir sí que, con quienes no nombro, compartimos un trasfondo, un marco de ficciones común, una sobreabundancia de información, un humor, un modo del rencor, una serie de rivalidades tácitas, una experiencia de la soledad y un nihilismo que ojalá podamos transformar para bien así la pasamos un poco mejor.

¿Cómo fue el proceso de escritura, edición y pronta publicación de tu nuevo poemario?

Los poemas que forman Para siempre a ese fantasma los escribí entre 2016 y 2020, y los terminé de corregir después de muchas versiones, talleres, lecturas y dolores de cabeza en febrero de este año. Aunque son algo así como el goteo de la experiencia de la paternidad -vivo y voy escribiendo, digamos-, en un momento la cuestión empezó a enrarecerse, a salirse del proyecto: las experiencias son más complejas, sorpresivas.

Por ejemplo, me di cuenta de que ver a un niño crecer es también un modo de recuperar una memoria que nunca existió, la de la primera infancia que, en el mejor de los casos, tiene más que ver con un calor (o su falta), un ritmo, un tono sobre el cuál construir, y ahí aparecen la familia, el origen, el tiempo, la política, la violencia, los mitos. De repente, veo a mi hijo a los ojos y un poco veo los míos. Es un instante insoportable y lúcido a la vez, un espectro que nos atraviesa y hace que sobrevenga una conciencia de la alteridad, de todos los fantasmas que nos constituyen y acompañan en cada tramo de la vida.

Si se quiere, los poemas conforman un libro no solo desde o por el tema, sino a partir de un tono común, de una forma de transformar en lenguaje la experiencia en estos años. El cruce entre la lírica -ese pulso- y la observación, ambas poniéndose límites entre sí. Un descubrimiento o vaticinio de una pérdida que se avecina.

El nuevo poemario de Damián Lamanna Guiñazu fue escrito y editado entre 2016 y 2020. Pronto saldrá a la luz a cargo de Promesa Editorial.

Luego, la edición estuvo a cargo de Micaela Szyniak y Germán Amato de Promesa Editorial. Desde mediados de 2021 hicimos una lectura exhaustiva -verso por verso- del “manuscrito” original, un laburo que sin dudas hizo que el libro creciera. El libro padecía cierta exacerbación lírica o engolamiento y con el ida y vuelta pude alivianar bastante el tono de algunos poemas. Nuevamente, estoy muy agradecido con el trabajo de lxs editorxs. En algún momento -pandemia mediante- llegué a pensar que nunca más iba a publicar nada y generosamente me abrieron las puertas de su proyecto.

¿Qué pensas del ambiente literario del conurbano? ¿Crees que, en el mercado editorial, lxs escritorxs del conurbano están ganando terreno?

No estoy muy al tanto del ambiente literario del conurbano porque ya tengo 37 años y la poesía que va a romper todo en los próximos años debe estar sucediendo en lugares ajenos a mi mirada. Por ejemplo, en el rap que sigue llenando plazas. Igual, aunque sea difícil, trato de estar actualizado, sin que eso implique una sobreactuación, un “subirse a todas” para no quedar afuera.

Respecto del mercado editorial, creo que las condiciones están dadas para que sigan creciendo editoriales en el propio conurbano, como es el caso de Elefante negro o Mutanta. Al margen, no quiero dejar de poner en duda la idea de “escritorxs del conurbano”. ¿Qué sería eso? ¿Un autor o autora que vive en el conurbano o una que habla del conurbano en su literatura? Y, en caso de hablar del conurbano, ¿lo hace desde el exotismo? ¿O logra construir un sentido que no implique necesariamente una noción de centro o una respuesta frente a la estigmatización?

En todo caso, me interesa mucho, por ejemplo, la construcción y expansión de mapas en la literatura, la disputa por las representaciones. Como en los juegos de computadora estilo Age of Empires, donde empezás con los mapas en negro y a medida que los recorrés con los aldeanos o exploradores, la oscuridad se vuelve nítida. La primera vez que leí Ramos Mejía en una ficción fue en Los siete locos de Arlt (un porteño), novela de 1929. Ochenta años después, Juan Diego Incardona continuó ese trayecto en El campito pero en clave maravillosa. Esos diálogos me interpelan. Que miremos nuestros territorios con creatividad y espesura, y, sobre todo, con un ojo en la tradición. 

De tu propio material, ¿cuáles son tus escritos favoritos y por qué? ¿Cuál es tu último trabajo?

Eso va variando según la época. De Para siempre a ese fantasma, el libro que sale ahora hay un poema que me gusta bastante. Se llama “Hay un muerto en tu zona segura”:

hay un muerto en tu zona segura

apretaste tu cabeza contra la multitud y ahí estaba

del otro lado como una fruta descuidada por el hambre, viste

sus puños soltando aire, el color de sus piernas,

las rayas de la camisa apenas abierta y un hilo de sangre

igual a un río seco bajo el sol del verano. hay un muerto

en tu zona segura, se vuelve invisible entre los murmullos

alguien llegó antes, hizo un dibujo alrededor del cuerpo

los bordes de un fierro descargado. no alcanzaste

a imaginar sus últimos segundos, su tranco veloz

la voz de alto, el estruendo. muebles que se deslizan

en la habitación de arriba. hay un muerto en tu zona segura

y ahora avanza dando manotazos de ciego por el laberinto

de tu imaginación. prende las luces, su sombra se proyecta

como el cuervo fusilado que las ramas esconden. allí lo ves

asoma su voz que no llegó a decir por la garganta del mundo

su carrera lenta, lo ves. es el guardián que custodia

los recuerdos felices del niño. el niño que olvidaste

y ahora trata de alcanzarlo pero la sombra siempre va adelante

sus piernas son ágiles. por eso se detiene y mira hacia atrás

para verte siempre ahí, descubriendo tus pies

hay un muerto en tu zona segura que crece

mientras tu corazón tantea y se ahoga

imaginás el mar de la mano de tu hijo

que entra al mundo por un espejo opaco con su horca

alcanzás a ver una sombra que muestra los dientes

y quién dibuja alrededor de los muertos, quién llega primero

y hace una marca en el suelo

hay un muerto en tu zona segura y en cada repetición

crece junto a lo que fuimos. su cuerpo

ahora se levanta y patea patea las imágenes

que reemplazan los recuerdos. hay un muerto

en tu zona segura. anida en tu espalda y te hace más fuerte

la marca de sangre negra que vuelve reales los paisajes

e inventa el deseo

como quien se asoma en la noche para acudir a un llamado,

se desviste sobre la hojarasca

y abandona su dolor a paso firme hasta encontrar el ritmo

una sola noche a la par de nuestra sombra

un árbol de fuego en el origen de la palabra bosque

en tu zona segura resiste un muerto

Por otra parte, de propiedad horizontal (añosluz editora, 2016) le tengo cariño a un poema que se llama “vivo enfrente de una plaza”: 

vivo enfrente de una plaza

igual que en todos los barrios donde anduve

los perros bailan con la murga, se buscan

la cola como trompos

y mientras algunos toman mate o se besan, me siento

con la guitarra y mis papeles en el pasto

como si tocara en vivo doy

lo mejor que tengo

mi indiferencia

a ese caos que nunca rebota en las paredes de adentro

pero unos nenes

o adolescentes fantasmas hermosos

florecen de la nada, me rodean perplejos soy el nuevo

amigo un extraterrestre, toco para ellos

mis notas son simples, dicen lo que puedo

la mayor, re mayor, la mayor

pasaron muchos años desde las primeras

y es una de las cosas que no

hago bien pero me esfuerzo y a mi público

no le importa, escucha

escucha

aplaude

y aunque ya es otra época, estos pibes crecen

en un universo imaginario

donde la murga sobrevive y los vecinos ahí andan

cuerpeando bolsas rayadas alrededor de las hamacas

una fiesta

donde cada tanto nos cruzamos y me saludan

existimos

cuando estamos juntos

será por eso

que quiero parecer erguido y fuerte

cuando ando cerca y ellos me nombran

“ese era damián” dicen y el rumor corre

como un mito

pronto llegará el día

me voy a ir con la guitarra colgada al horizonte

yo también quiero ser un héroe para alguien

¿Qué consejo le darías a unx escritorx del conurbano que quiere comenzar a publicar sus escritos?

Que, ya que quiere publicar, indague bien en las editoriales que lo rodean; que investigue los catálogos para ver dónde puede ir mejor lo que escribe; que acepte y confíe en la mirada de un editor o editora más allá de su confianza en los textos propios. Luego va a pasar el tiempo y quizá sienta que no necesitaba publicar aún. Que trate de cerrar una obra y no de reunir poemas o cuentos o los famosos “fragmentos” para armar una. Que escriba y lea todo lo que pueda. Que dude de las ideas de lo nuevo y/o lo original. Y que, si logra publicar, sea agradecidx después.

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Melina Alderete

Escritora, periodista. Conductora y productora radial en Radio Kamikaze. Otaku empedernida. Ávida lectora, cuando tiene ganas. Fan del cine y los dibujos animados, de todo tipo y clase. Se considera una "inventora serial" que siempre se trae algo entre manos... En definitiva, un bicho raro, de otro planeta, pero que escribe. ¡Una marciana haciendo crónicas! Mail: unamarciana.haciendocronicas@gmail.com Instagram: @yo.marciana

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