A 50 años del golpe: "Los pibes de la calle Cádiz"
Sebastian Sanguinetti
A medio siglo del inicio de la dictadura, el único sobreviviente de aquella casa en Castelar fue Sebastián Mopardo. Su vida, fue rescatada aquella madrugada por su abuela Vilma,
En unos días, el próximo 24 de marzo, habrán pasado 50 años del golpe de Estado cívico-militar del 1976. Ituzaingó por aquellos años, no era lo es hoy, Como parte del viejo Morón, sus limites eran difusos. La calle Cadiz al 3052 (hoy Castelar) era uno de esos límites. A tan solo 4 cuadras de Santa Rosa y a 10 del centro comercial, era un barrio más de nuestra ciudad. Esta historia, trágica, cruel y despiadada, es parte de nuestra memoria, y como tantas otras, sigue viva en las paredes de las casas que fueron escenario de aquel horror.

La crónica de una noche de terror
Cuando a las dos de la madrugada del 13 de noviembre de 1976 una patota militar cercó una casa sobre la calle Cádiz al 3052, en la vivienda descansaban su dueña Vilma Iglesias, sus hijos Pablo de 24 años y María Alicia de 22. Junto a Alicia estaba su marido, Alfredo Mopardo de 23, la novia de Pablo, Alejandra Roca de 21, y el pequeño Sebastián, un bebé de apenas seis meses, hijo de Alfredo y Alicia.
De pronto, el estruendo de golpes violentos sacudió la casa. La manzana entera había sido rodeada por un numeroso grupo de tareas fuertemente armados y vestidos con uniformes miliares, quienes, a los gritos, se identificaron como miembros del "Comando Uno de Ejército". Ante la demora, destrozaron la puerta de entrada e irrumpieron por la fuerza.
La violencia del asalto fue brutal. La patota aisló rápidamente a Vilma, la dueña de casa; le vendaron los ojos, la ataron de pies y manos, y la encerraron en una habitación. No la buscaban a ella, querían a los pibes. Mientras Vilma escuchaba impotente cómo secuestraban a sus familiares, los uniformados saquearon la vivienda. Se robaron ahorros, joyas, ropa, efectos personales y hasta a la mascota de la familia, una perra de raza Bóxer.
"Dice su hijo que usted tiene dinero"; a lo que contesté: “Sí, acabo de vender mi negocio y lo había traído a casa”. “Si usted nos da esa ‘guita’, le dejamos a su hija, a su hijo, y a su nuera —por la novia de mi hijo—. A su yerno no, porque la guita no alcanza". En ese intermedio, yo escuché el comentario de dos de esas personas, que decían: "Mirá qué tontos, lo que encontré, ahora me voy a poder comprar la ropa que quería", o el traje que quería. Por lo que yo deduje que habían tomado el dinero. Estaba al alcance de la mano realmente. Entonces le expliqué, le dije: “Mire, el dinero está en una bolsita de nylon, en el placard, en el primer estante. Abran la puerta". Yo ya sabía que no estaba. Bueno, esta persona se dirigió allá y no encontró el dinero; entonces empezaron a pelearse entre ellos, y no recuerdo bien qué pasó. Entonces, seguían buscando, después preguntaron por la perrita" Testimonio de Vilma Iglesias en el Juicio a las Juntas (1985)
Las investigaciones y los posteriores juicios por delitos de lesa humanidad demostraron que este operativo clandestino dependía operacionalmente del Primer Cuerpo de Ejército. La justicia, a través de la histórica megacausa "Vesubio III" (Causa N° 2522), logró identificar a los ejecutores que comandaron el exterminio, entre ellos se encontraban militares y agentes penitenciarios como Milcíades Luis Loza, Hugo Roberto Rodríguez, Florencio Esteban Gonceski, Roberto Horacio Aguirre, Olegario Domínguez, Eduardo David Lugo, Humberto Eduardo Cubas y David Cabrera Rojo.
Aquella madrugada, antes de irse, adentro de la casa y luego de robar y destrozar todo lo que encontraron, pintaron las paredes de la vivienda con insultos y groserías.
Los vehículos militares arrancaron llevándose a los cuatro jóvenes hacia los oscuros centros clandestinos de detención, dejando abandonado a su suerte al pequeño Sebastián en medio de la oscuridad. Recién alrededor de las 6 de la mañana, Vilma logró liberarse de sus ataduras, tomó a su nieto y corrió a pedir auxilio. Cuando junto a su exmarido, Roberto Morcillo, intentaron radicar la denuncia por el asalto en la comisaría, el personal policial se negó a tomarles la declaración, evidenciando de manera cínica que ya estaban al tanto de todo y que la zona había sido expresamente "liberada" para que el Ejército actuara con impunidad.

Quiénes eran y qué fue de ellos
Los cuatro jóvenes arrancados de la calle Cádiz hoy están desaparecidos. Fueron absorbidos por el sistema de centros clandestinos de detención. Sobrevivientes atestiguaron haberlos visto en el "Garage Azopardo" y luego en "El Vesubio".
María Alicia Morcillo Iglesias ("Resorte"): Tenía 22 años y estaba a días de cumplir 23. Era estudiante de la carrera de Letras en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Conocida por sus compañeros como "Resorte" debido a sus rulos, era una activa militante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) realizando trabajo social y barrial en Ituzaingó. En cautiverio, padeció un nivel de tortura biológica extremo: al ser separada abruptamente de su bebé lactante, sufrió graves infecciones y abscesos en sus pechos sin recibir ningún tipo de atención médica. Semanas después de su secuestro, fue "trasladada" (eufemismo para los vuelos de la muerte) bajo el engaño de que iría a un penal en Resistencia. Continúa desaparecida.
Alfredo Néstor Mopardo ("El Negro Fredy"): De 23 años, era el esposo de María Alicia y padre de Sebastián. Trabajaba como obrero en una fábrica de productos lácteos y cursaba en la Facultad de Ciencias Sociales. Militante de la Juventud Peronista, Al igual que su esposa, fue inyectado con sedantes y llevado en un "traslado" definitivo desde El Vesubio. Permanece desaparecido. Esa misma noche, los militares también secuestraron a su hermana de 26 años, Selva del Carmen Mopardo, en otro domicilio.
Pablo Jorge Morcillo Iglesias: Tenía 24 años y era el hermano mayor de María Alicia. Trabajaba como fotógrafo y también de forma independiente en una fábrica de ropa. Según los registros históricos, Pablo carecía de militancia política o social conocida. Su secuestro es un claro ejemplo de la doctrina represiva que consideraba a la "familia como víctima". Cayó simplemente por estar durmiendo en la casa materna aquella noche. Fue víctima del mismo "traslado" fatal en El Vesubio que su hermana y su cuñado. Continúa desaparecido.
Alejandra Beatriz Roca: Tenía 21 años de edad y era la novia de Pablo Morcillo. Al igual que su pareja, no tenía militancia orgánica conocida y se encontraba circunstancialmente en la calle Cádiz. Su destino final expuso otra de las facetas más crueles de la dictadura: el montaje de escenarios públicos para sembrar terror. En la madrugada del 4 de diciembre de 1976, su cuerpo fue acribillado y arrojado junto al de Selva del Carmen Mopardo en la intersección de las avenidas Dorrego y Figueroa Alcorta (Capital Federal). El Ejército fraguó la escena para que pareciera un "enfrentamiento" armado con las fuerzas policiales, a pesar de que los cuerpos presentaban signos de cautiverio previo y Alejandra ni siquiera sabía conducir el vehículo en el que plantaron su cadáver.
Las madres de la memoria: Vilma y Delicia
Frente a la aniquilación sistemática, las madres de las víctimas transformaron su tragedia personal en una lucha colectiva inquebrantable. Vilma Iglesias, sobreviviente directa de la noche del asalto, comenzó su resistencia esa misma madrugada al lograr desatarse y rescatar a su pequeño nieto Sebastián. Junto a su exesposo, enfrentó el cerco de silencio policial al intentar radicar la denuncia y posteriormente presentó recursos de hábeas corpus ante la justicia. Años más tarde, su valiente testimonio en el histórico Juicio a las Juntas (Causa 13/84) fue una pieza probatoria clave para demostrar los secuestros y el violento accionar de la patota militar en su hogar.
Por su parte, Delicia Córdoba de Mopardo, conocida por todos como "Delicia", sufrió la desaparición de sus hijos Alfredo y Selva, además de la de su nuera María Alicia y el hermano de esta, Pablo Morcillo. Este inmenso dolor la impulsó a fundar un legado imborrable en la defensa de los derechos humanos, convirtiéndose en una destacada integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Ocupó el cargo de vicepresidenta de la Asociación Seré por la Memoria y la Vida, organismo fundamental para recuperar el ex centro clandestino Mansión Seré en Castelar. Tras décadas de incesante reclamo por Memoria, Verdad y Justicia, falleció el 11 de marzo de 2011 a los 92 años. Hoy es recordada como Ciudadana Ilustre de Morón y su figura vive permanentemente en la antigua calle Ataliva Roca de Castelar, rebautizada con su nombre para que su incansable búsqueda de justicia nunca sea olvidada.

A medio siglo del inicio de la dictadura, el único sobreviviente de aquella casa en Castelar fue Sebastián Mopardo. Su vida, rescatada aquella madrugada por su abuela Vilma, es el testimonio vivo frente a un operativo que intentó, sin éxito, borrar por completo la existencia de los jóvenes de la calle Cádiz.