Abuso en el Instituto Lourdes: Alejandra rompe el silencio
Bruno Krasnopolsky
Relata su camino, el alivio tras la separación del cargo y la decisión de exponer el caso para evitar nuevas víctimas.
Luego de que se confirmara la separación preventiva del cargo al inspector docente investigado por abuso sexual y corrupción de menores en el Instituto Nuestra Señora de Lourdes en Villa Udaondo, Alejandra Bermúdez habló con La Ciudad.
A meses de haber radicado la denuncia penal por los hechos sufridos durante su adolescencia, la joven se expresó sobre el alivio que significó esta medida administrativa, el pacto de silencio institucional que debió enfrentar y las herramientas que hoy construye para recuperar su vida mientras espera la indagatoria.
La decisión de denunciar no fue inmediata. Según relató; el "clic" ocurrió a fines de febrero de 2024, cuando comenzó a trabajar en un club y se sintió "contenida, con mucho respeto y cuidada" por un compañero. Ese entorno seguro le permitió poner en palabras lo vivido y procesarlo por primera vez: "Al empezar a tomar mayor conciencia de todo lo que me había pasado dije: 'Tengo que ir a denunciar'", explicó.
Finalmente, en junio acudió a la Comisaría de la Mujer.
La terapia, la vergüenza y la transformación del dolor
– ¿Qué rol jugaron los espacios terapéuticos y el contacto con otras víctimas en este proceso?
– Un rol fundamental. Comencé en el CPA (Centro de Prevención a las Adicciones) en agosto de 2024. Era algo totalmente nuevo para mí. Al ser un grupo, no sabía con qué me iba a encontrar y me costó abrirme, pero al empezar a escucharlas, a conocerlas y al tomar confianza, me empecé a soltar. Me sirvió mucho escuchar a mis pares, a otras mujeres que pasaron por situaciones parecidas.
Tenía que trabajar la vergüenza, el miedo al "qué pensarán" o "qué dirán". Eso me ayudó a empezar a tener confianza en mí misma para poder hablar y exponer.
Pero no fue de un día para el otro; fueron diferentes situaciones a lo largo del tiempo, porque en paralelo era trabajar conmigo misma. Tuve crisis: por momentos sentía una mejoría, pero de repente entraba de nuevo en crisis. Fue y es un proceso largo en el que estoy poniendo todo el esfuerzo de mi parte, pero hay cosas que son difíciles de superar.
– Mencionaste la vergüenza. ¿Qué le dirías a quien se siente así hoy?
– La vergüenza es inevitable, es parte del proceso. Quien abusa rompe tu intimidad y tu dignidad. Es difícil salir, pero hablar te ayuda a liberarte, a sacar lo que tenés guardado; si no, en algún momento explotás. La contención es fundamental. El proceso es muy personal: yo no tenía herramientas y sigo construyéndolas.
– ¿A qué herramientas te referís?
– No solo al apoyo terapéutico o judicial, sino a las internas: la autoestima. Todo esto me pasó a los 15 años y quedé paralizada en el tiempo. Hoy estoy aprendiendo a ser adulta, a expresarme sin miedo. Estoy construyendo mi confianza y mi seguridad porque todo eso me lo arrebataron. Son aspectos normales que cualquier adulto transita, pero yo tuve que empezar a construirlas ahora.

La escuela, el silencio y la protección de potenciales víctimas
– Al decidir hacer público el caso y "dar la cara", que es una forma de exponerse, ¿Cómo fue ese proceso y qué respuesta sentís que recibiste?
– Sentí que era un deber moral. Necesitaba exponer a quien denuncié para que no le pase a nadie más. El "clic" fue dimensionar todos los años de vida que me quitó y el daño que generó a mi alrededor, no solo a mí.
Respecto a la repercusión, sabía que podía recibir comentarios negativos por el rol que él cumplió para muchos alumnos, pero fue todo lo contrario. Recibí muchísimo apoyo de chicos, chicas e incluso ex docentes. Ni un comentario negativo.
– ¿Esperas alguna reacción del Instituto?
– No espero nada, lamentablemente. Supe que la institución siempre tendió a tapar. Hay dos frases que me revuelven el estómago: "no me aviven el avispero" y "de esto no se habla".
Una docente me contó que la directora usaba la primera para que los maestros no incitaran a los chicos a hablar. Y la segunda la usaron para desestimar mi caso, diciendo que era una difamación, pese a que ya estaban notificados de la causa penal. Tienen responsabilidad, porque los abusos comenzaron ahí.
– En uno de tus posteos decís: “no quiero que lastime a nadie más”. ¿Sentís que tu denuncia funciona también como una protección para una alumna hoy o para otras personas de su entorno?
– Sí, totalmente. Sé que hay cosas que no están bajo mi control, pero exponer es poner una alerta, un cuidado, más allá de lo judicial. Él estaba en contacto con menores. A través de mi exposición me llegaron mensajes sobre su forma de trabajar: que es violento, despectivo y que tiene actitudes asquerosas con las mujeres. No recibí ni un comentario positivo sobre él; quedó más evidenciado todavía.
Cuando digo que no quiero que lastime a nadie más, es justamente por eso. Sé que es muy difícil hablar por la vergüenza y el miedo, aunque siempre pienso que la vergüenza tiene que correrse de lugar: no debe sentirla la víctima, sino el otro. Al exponer y contar mi historia y mi proceso, ayudo si a alguien le pasó lo mismo con este sujeto y, obviamente, busco que no le pase a nadie más.

Las trabas burocráticas, las pericias y la fiscalía
– ¿Cómo fue la experiencia con las pericias?
– Mi pericia constó de tres partes. Para la tercera tuve que solicitar yo que me llamaran porque no lo hacían y necesitaba finalizar el proceso. Con mi abogada no compartimos la conclusión ni cómo se desarrolló; el abordaje queda escaso. Pareciera que necesitan una filmación puntual y grotesca de los hechos para actuar.
– Hablás de una "revictimización" constante en el proceso.
– Sí, no se trata solo de una pregunta incómoda. Revictimización es tener que ir yo misma a la fiscalía a solicitar una perimetral porque el trámite "en sistema" demoraba. Lamentablemente, me prestan más atención presencialmente que a mi abogada. Si solicito medidas es porque tengo miedo, parece que están esperando a que sucedan las cosas para actuar.
– ¿Sentís que el sistema expulsa a quien no tiene recursos?
– Soy muy consciente de que cuento con herramientas que no todas las víctimas tienen. Es una realidad: si no tenés un abogado que acelere el proceso, las causas quedan guardadas. No todas las víctimas tienen los recursos para pagar esa defensa.
– Finalmente lo separaron del cargo. ¿Sentís que es un primer avance?
– Fue un paso importante. Me sentí escuchada. Sé que la difusión ayudó muchísimo a que se movilizaran las cosas y se impulsara una decisión que debían tomar. No sé por qué no lo hicieron antes, teniendo en cuenta que ya existía la causa. Fue un paso enorme, pero voy paso a paso. Ahora estamos a la espera de la indagatoria, que dentro de lo judicial es lo más importante.
– ¿Cuál es tu expectativa sobre el trabajo de la Fiscalía?
– Tengo claro que los tiempos de la Justicia no son los que uno necesita. Hay que armarse de paciencia, pero llega un momento en que tienen que tomar cartas en el asunto. Ahora estamos esperando la indagatoria; es el paso a seguir y deben cumplirlo. Nosotras presentamos todas las pruebas. Del otro lado, el imputado no se presentó a la pericia psiquiátrica y cambió de domicilio. Hubo instancias donde yo quedé expuesta mientras cumplía con todo y él no. Llega un momento en que tienen que tomar cartas en el asunto. Entiendo plenamente los tiempos de la Justicia, pero espero que accionen sobre la indagatoria.
– ¿Querés dejar un mensaje final?
– Se puede denunciar, el recurso de la Justicia está. Es verdad que no es fácil y que la contención es fundamental. Cuando fui a la Comisaría de la Mujer no tenía abogada ni asistencia, lo fui aprendiendo sobre la marcha. Es un camino largo y desgastante, pero las víctimas deben saber que se puede. Hablar ayuda a transformar el dolor. No me gusta usar la palabra "sanar" porque uno nunca termina de sanar del todo, pero sí es posible transformar la herida.
