La historia de las primeras escuelas de Ituzaingó
Santiago Menu
En el ADN de Ituzaingó, la educación siempre ha sido un pilar fundamental. Desde aquellos primeros años donde las calles eran de tierra y el horizonte parecía infinito, la instrucción pública mereció una atención especial por parte de las autoridades. No siempre fue un camino fácil: entre vaivenes económicos y laberintos políticos, el Estado a veces quedó a mitad de camino, pero el espíritu del pueblo nunca flaqueó. Con o sin ayuda oficial, la enseñanza en nuestro distrito alcanzó una madurez envidiable, gracias a la sinergia entre el sector público, la intervención privada y el trabajo incansable de las asociaciones cooperadoras.
Para rastrear el origen de este compromiso educativo, debemos retroceder a 1874, apenas dos años después de la fundación del pueblo. Allí, bajo la dependencia del Ministerio de Instrucción Pública de la Provincia, nació la primera escuela pública de Ituzaingó: la Escuela Rural N° 4.
Ubicada en la intersección de Rivadavia y Blas Parera, su construcción original —que aún se mantiene en pie, aunque hoy albergue un local comercial— fue el segundo hogar de los hijos de las familias pioneras. Bajo la mirada del primer maestro, el señor José Bruschetto, nombres como Cieza, Gaggero, Melano, Pastré, Firpo, Ferrando y Cánepa comenzaron a forjar el futuro de nuestra localidad en aquellas aulas fundacionales.

Poco tiempo después, la educación llegó a las cercanías del Puente de Márquez. En la propiedad de don Zenón Rodríguez, funcionó una escuela humilde pero vital, construida con adobe y techo de chapas. Allí, la historia nos regala los nombres de las primeras maestras del pueblo: las señoras de Coquet y de Voelklein. Su labor fue un ejemplo de abnegación y vocación maternal, enfrentando las dificultades de la época con un solo objetivo: educar a los niños de la zona.
Si hablamos de emblemas, la Escuela N° 6 ocupa un lugar de privilegio por ser el establecimiento más antiguo de la ciudad. Hoy, al caminar por Ituzaingó y ver sus modernos establecimientos, es justo honrar a esos hombres y mujeres que, con tiza y sudor, levantaron las bases de lo que somos.